CUENTOS DE LA SELVA by ANA JESSICA CARO TORO – issuu

Extraído de: https://issuu.com/acaro-colegiocisneros.edu/docs/cuentos_de_la_selva_4_

Fábula “La liebre y la tortuga”

“Sueño de dragón” de Gustavo Roldán

A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque siempre sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños, un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se los ve de cuerpo entero. Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho, un ceibo o un jacarandá. Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores revoloteando por el monte.

¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde aparece un sol radiante en medio de la lluvia?

Sólo se explica por el sueño de un dragón. Y los dragones quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas. Pero una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.

– ¡Odio las flores!- dijo una de las siete bocas.

– ¡Odio los pájaros!- dijo otra mostrando los colmillos repletos de veneno.

– ¡Odio los monos!- dijo una tercera cabeza.

– ¡Los mataremos a todos!- dijo otra.

– ¡Los mataremos y los comeremos!- rugió la quinta.

– -¡A los monos y a todos los animales del mundo!

– ¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos!- dijo la séptima.

Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.

-¡Qué hice!- se asustó el dragón.

Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales. El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.

-¡Qué lindo dragón!- dijo una cabeza.

-¡ Lo mejor para comenzar a comer!-dijo la segunda.

La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi invisible por la rapidez, pero el dragón que sabía con quién estaba soñando, ya no estaba en ese lugar.

-¡Así me gusta! –dijo otra cabeza.

-¡Qué bien que pelea!

-¡Así nos podemos divertir!

-¡Sólo matar y comer es aburrido!

-¡Lo mejor es pelear!

-¡Pelear y matar y comer!

Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y para el otro.

El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo lejos. Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más grande que nunca hubiera largado un dragón. Un fuego espantoso, largo, oscuro, que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida

por el calor.

El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo salto de la serpiente, ya que estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.

-¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste más que el fuego?

-¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!

El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más. Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que sólo aguantan los dragones.

-¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que nos guste más que el frío gritaron las siete cabezas.

Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así ahogaría a la serpiente.

-¡Eso, eso!- gritaron las siete cabezas -. Nada nos gusta más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.

La serpiente seguía enroscada en el dragón. Siete días y siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente, el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer. Había probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la serpiente parecía invencible.

-¡Nos estamos divirtiendo como nunca!-gritaron las siete cabezas.

-¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos, dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!

-¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!

-¡Queremos pelear, pelear y pelear!

-¡Atacá de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!

El dragón retrocedió un poco.

-¡Estás escapando, dragón cobarde!

El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si…quizás sí podría servir…

El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban en insultos. Y legó hasta el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras. Entonces planeó en círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento. Y allí, mientras planeaba, cerró los ojos y se durmió.

Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.

Soñó con pájaros y flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia, se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando. La serpiente se borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente. Entonces el dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a

ver el sitio de su pelea. El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de la serpiente. Ningún rastro de la pelea.

Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.

Material extraído de Había una vez…truz

Cuento “Jamón del diablo” de Iris Rivera

Todas las tías estaban de acuerdo en que Carolina era un amor de educada y que le gustaban las galletitas de agua untadas con paté. Pero ese día no había paté en el supermercado y ¡que mala idea tuvo la madre cuando compró jamón del diablo! Claro, pensó que le iba a gustar lo mismo y, la verdad, le gustó tanto que se comió la latita entera (lo de adentro de la latita, bah). Pero el asunto vino después.

– ¿Jamón del diablo se llama?- dijo Carolina. Y ató la lata vacía a la cola del gato que salió disparado y hasta el techo no paró.

– Jamón del diablo ¿no?- y escondió la maquinita de afeitar del padre en el tarro de yerba.

– Ah, jamón del diablo- Y se guardó en la media la goma nueva de la hermana que iba a la secundaria.

– Acá están pasando cosas raras- dijo la madre viendo que Carolina tenía una sonrisita de costado y de ¿Qué me mirás?

– ¡ Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!- se oyó un alarido indicando que la hermana grande había sacado de la cartuchera la dentadura postiza de la abuela.

Casi enseguida empezaron a pisar agua porque el lavarropas rebalsaba.

Carolina salpicaba feliz, empapándose los pies.

– ¡Lliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!- chilló la abuela que había encontrado una lauchita bebe en la zapatilla.

-¡ Güeeeeeeeeeeeeeeeee!- lloraba el hermanito.

Carolina dijo jijí y le alcanzó un corcho, que es casi lo mismo que un chupete.

Justo en ese momento: el timbre.

-¡Carolina! ¡Atendé al sodero! ¡Decíle que hoy no!- gritó la madre barriendo el agua rebalsada del lavarropas, ya algo nerviosa.

Y Carolina le dio a entender al sodero que “hoy no” disparándole un poderoso chorro de soda que hombre esquivó como un experto.

-¿Qué le pasa a esta chica?…. Terminála, nena ¡prepará la mochila y ponéte el guardapolvo, querés?.

Carolina preparó la mochila y se fue a la escuela, pero antes puso en el medio del camino las 17 macetas del patio, tocó el timbre nueve veces y le sacó la lengua a la vecina de enfrente, que la miró torcido. Y se cruzó a hacerle el reclamo a la madre.

El reclamo duró un rato. Después, la madre entró y se desparramó en una silla, confundida y pensante. Menos mal que esa mocosa ya se había ido a la escuela.

Pero la tarde pasó muy rápido y a las 17:10 hs ya estaba de vuelta, sin botones, sin moños y con una nota en el cuaderno de comunicaciones:

“Corresponde una llamada de atención por traer carbón para escribirle el cuaderno a sus compañeritos, un plumero para borrar y un kilo de harina quien sabe para qué. La alumna es observada, además, por corretear por todo el patio a caballo de la escoba de la portera y, quede claro, es la última vez que se le permite entrar al establecimiento calzada con patas de rana, como así también usar sin autorización la peluca de la Señora Directora.”

La madre pensó en desparramarse de nuevo, sobre todo porque esa chica no estaba afligida para nada. Al contrario, saltaba y pedía: -¡Jamón del diablo! ¡Jamón del diablo! ¡Jamón del diablo!

Entonces a la madre le vino la inspiración: -¡Qué jamón del diablo ni que ocho cuartos!- grito con voz de madre inspirada y, aunque más bien era la hora de tomar la leche, se puso a prepararle una sopa salvadora.

Era una rica sopita de fideos cabello de ángel.

Texto extraído de: Había una vez…truz.

Qué divertido!😆😆😆

“Manos” de Elsa Bornemann

Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia “de miedo” cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía… No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.
—¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez.

Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios “sobrinhijos” así como —ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento “de miedo”!
Y bien. Aquí va:

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer…
Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.

Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de “tap”. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.

—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.

La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano. Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones. La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de “tap” y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.

Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo). En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas. Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:

—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.

¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes.

—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.

Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud. Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.

—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.

—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.

Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes. Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe.

—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.

—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.

—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.

Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos… Oriana se echó a llorar, desconsolada.

—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!

—”¡Hay que!” “¡Hay que!” ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca!

—¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan? Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.

—Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah…

Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor. —Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?

—¿Q–ué..? —balbuceó Oriana.

—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:

—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos.

Enseguida, lo hicieron. Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.

—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.

—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados… —En cambio, nosotras… —completó Martina— sólo con una mano…

Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.

Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto.

Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!

—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado. —No tan valientes, señora… Al menos, yo no… —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos…

Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:

—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora…

—Estirarnos los brazos así, como ahora…

—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora…

¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera. ¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos! Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.

—¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.

—¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto.

¡Ella había sido tomada de ambas manos! Manos. Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.

Manos humanas.

Manos espectrales

(Acaso, a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo… y nos necesiten…).

Este cuento está en el libro “¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo”, publicado en 1988 y con sucesivas reediciones y reimpresiones.

Cuento extraído de: Había una vez…truz!

https://youtu.be/JDg54xMqjC4

Para los más mayorcitos de la escuela, pueden leer o escuchar el cuento… Ojo!!!… que da miedo…

El príncipe Ceniciento de Babette Cole

El príncipe Ceniciento no parecía un príncipe, porque era bajito, pecoso, sucio y delgado.

Tenía tres hermanos grandulones peludos que siempre se burlaban de él.

Estaban siempre en la Disco Palacio con unas princesas que eran sus novias.

Y el pobre Príncipe Ceniciento siempre en casa, limpia que te limpia lo que ellos ensuciaban.

¡Si pudiera ser fuerte y peludo como mis hermanos! – pensaba junto al fuego, cansado de trabajar.

El sábado por la noche, mientras lavaba calcetines, un hada cochambrosa cayó por la chimenea.

-Se cumplirán todos tus deseos- dijo el hada Zis Zis Bum, Bic, Bac Boche, esta lata vacía será un coche -¡ Bif, baf bom, bo bo bas, a la discoteca irás!

-¡ Esto no marcha! – dijo el hada.

-¡Dedo de rata y ojo de tritón salvaje, que tus harapos se conviertan en un traje!

-(¡Caramba!)- pensó el hada-, ¡No me refería a un traje de baño!

– Ahora cumpliré tu deseo más importante. ¡Serás fuerte y peludo a tope!

¡Y vaya si era un Ceniciento grande y peludo!

-¡Ufa! – dijo el hada-. Ha vuelto a fallar, pero estoy segura de que a medianoche se romperá el hechizo.

Poco se imaginaba el Príncipe Ceniciento que era un mono grande y peludo por culpa de aquel error. ¡Él se veía tan guapo!

Y fue corriendo a la discoteca. El coche era muy pequeño, pero supo sacarle provecho.

Pero al llegar a aquella disco de príncipes, ¡era tan grande que no pasaba por la puerta!

Y decidió volver a casa en autobús. En la parada había una princesa muy linda.

– ¿A qué hora pasa el autobús? – gruñó.

Por suerte, dieron las doce y el Príncipe Ceniciento volvió a ser como antes.

-¡Espera!- gritó ella, pero el Príncipe Ceniciento era tan tímido que ya había echado a correr. ¡Hasta perdió los pantalones!

La princesa creyó que la había salvado ahuyentando a aquel mono peludo.

Aquella Princesa resultó ser la rica y hermosa Princesa Lindapasta.

Dictó un bando para encontrar al propietario de los pantalones:

La princesa Lindapasta decreta que se casará con quien pueda ponerse los pantalones perdidos por el príncipe que le evitó ser devorada por el Gran Mono Peludo. Hoy comenzarán las pruebas.”

Príncipes de lejanas tierras intentaron ponérselos.

Pero los pantalones se retorcían y nadie lo conseguía.

Como era de esperar, los hermanos del Príncipe Ceniciento se peleaban por probárselos.

-Que se los pruebe él, -ordenó la princesa, señalando al Príncipe Ceniciento.

– Este mequetrefe no podrá ponérselos- se burlaron sus hermanos.

…¡Pero lo consiguió! La Princesa Lindapasta se le declaró al punto.

El Príncipe Ceniciento se casó con la Princesa Lindapasta y fueron ricos y felices por siempre jamás.

La Princesa Lindapasta habló con el hada de los tres peludos…

… y ésta los convirtió en hadas domésticas. Y en adelante, les tocó hacer las labores de la casa, por siempre jamás.

Texto e imágenes extraídas de: Habia una vez…truz!